Abrazo virtual - Adolescencia Sexual Bien dice el dicho: “Cosechas lo que siembras”, ¿cómo puedes esperar algo diferente si cultivas peras?

La adolescencia de un chico o una chica es un reflejo de lo que vivió y vive su familia.  Si desde su infancia recibió amor, y se le cultivó una gran fuerza interior para tomar decisiones  constructivas, podrás esperar una vida adolescente favorable para la edificación de un futuro satisfactorio.  Si por el contrario, desde niño no le permites que asuma la responsabilidad de una decisión y optas por resolverle todo, tendrás un adolescente y probablemente un adulto totalmente dependiente, que te exigirá soluciones para todos sus futuros problemas (en todos sus ámbitos: económico, incluso de sus relaciones de pareja y sexualidad).

La adolescencia ya tiene un terreno ganado si por lo menos sabe comunicarse y expresarse, por eso es importante que desde niños le fomentes esta habilidad, y es tan sencillo, como dialogar diario con ellos, hacerles preguntas, escucharlos y aclararles situaciones día a día, compartir momentos.

¿Hoy cómo estás?

¿Cómo te fue con tus amigos montando bici?

¿Qué piensas de los profesores de la escuela (o del colegio)?

¿Cómo resolverás la discusión pasada con tu amiga, o no le piensas volver a hablar?

¿Qué te dicen tus amigos acerca de la sexualidad?

Presentaré un artículo de la escritora colombiana Angela Marulanda, que mostrará una  forma en que hoy pueden vivir las familias:

Tenemos Mejores Casas, Pero Peores Hogares

Ángela Marulanda | Medellín | Publicado en el Colombiano.com

Hoy hay un creciente número de niños que literalmente pasan de la cuna a la cama doble, y no porque se casen muy jóvenes, sino porque desde pequeños duermen en una cama matrimonial.

Es más, ahora muchos de ellos no tienen casi nada que compartir con sus hermanos porque con alguna frecuencia cada cual tiene su propia “suite” con baño y vestier privados, y por supuesto con televisor, computadora y toda suerte de artefactos electrónicos para su uso y entretención personal.

Tener muy pocas cosas en común con el resto de la familia puede ser agradable, pero muy poco formativo para los niños.

Además, como desde pequeños dominan la tecnología, tienen cada vez menos oportunidades para tejer lazos con sus hermanos y compañeros porque pasan la mayor parte del día deambulando por el ciberespacio o conectados con todo el mundo a través de su celular.

Pero como las conexiones se establecen presionando una tecla y se rompen accionando otra, no tienen espacio para empatizar, conciliar diferencias o buscar acuerdos con sus hermanos, amigos o pares porque basta con pulsar “borrar” para dar por terminada cualquier diferencia o disgusto que tengan.

Y así, sus relaciones con los demás, incluidos sus seres queridos, son volátiles, pobres y frágiles.

Lo triste es que cada vez es más común que las familias tengan una casa muy cómoda, en la que padres e hijos viven pero no conviven porque poco tienen que ver el uno con el otro.

Esto significa que hay menos hogares, si por esto entendemos ese espacio en el que compartimos mucho más que un techo.

Ese lugar en donde compartimos tanto nuestros logros, ideales y sueños como nuestras tristezas, decepciones y temores, es decir, en donde se empieza a escribir la historia de nuestra vida.

Va a ser difícil que los hijos puedan formar una familia real y no virtual, y adaptarse a la convivencia a que los obliga la vida matrimonial si no han creado esa morada en donde padres e hijos se encuentran, se conocen, se escuchan, y todos se sienten valorados, acogidos. Amados.

Nos lleva a pensar… que habrá en el futuro, en la adolescencia y en la etapa adulta de los hijos  si continúan solitarios, viviendo su mundo y sexualidad de manera virtual?